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“En Campoamor hasta las Golondrinas y las Gaviotas saben que los aires del
mar a la altura de los pisos octavos,

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“En Campoamor hasta las Golondrinas y las Gaviotas saben que los aires del
mar a la altura de los pisos octavos,

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“En Campoamor hasta las Golondrinas y las Gaviotas saben que los aires del

mar a la altura de los pisos octavos, son más suaves para planear sin

esfuerzo, como para echarse una siesta copiando a los inquilinos en sus

terrazas, que miran al horizonte lejano adormilados e indiferentes.”

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“Estimada Mónica:

¡Qué maravilla!. Se llama Dehesa de Campoamor. Para mí sería suficiente sólo

con el nombre del poeta o mejor aún Campo del Amor. Dicen que este rincón de

la costa, tiene un microclima distinto a casi todo el litoral levantino. Es

cierto, Campoamor es diferente. Se eleva sobre el nivel del mar, suavemente,

sin aspecto de acantilado abrupto. Va subiendo por una ladera empinada

apoyada en pinos, adelfas, hibiscos y palmeras, los justos para no dar

sensación de bosque intransitable.

Campoamor es reducido, pequeño, acogedor, como si quisiera poner coto a su

número de habitantes. No le van las aglomeraciones, parece que quiere tener

numerados a sus pobladores, ni uno más ni uno menos. Por eso también

controla y equilibra la entrada del aire, mitad y mitad, templado y fresco.

Por eso tiene la bondad de ofrecer un clima casi constante con aromas de

yodo del mar y de olor a pino mediterráneo.

Campoamor mira al mar hacia abajo, como si estuviese más hondo de lo normal,

por eso sus brisas huelen a sal y flores. Las torres que bordean desde la

pequeña meseta toda su costa, están como tranquilas y seguras, no les

inquieta que le llegue a sorprender una ola gigante. Las torres rodeadas de

jardines con rosas y geranios sólo se ocupan de distribuir y orientar la

sombra y la brisa en cada momento del día o de la noche.

En Campoamor hasta las Golondrinas y las Gaviotas saben que los aires del

mar a la altura de los pisos octavos, son más suaves para planear sin

esfuerzo, como para echarse una siesta copiando a los inquilinos en sus

terrazas, que miran al horizonte lejano adormilados e indiferentes.

En Campoamor los que asistimos a la Misa Dominical, tenemos un oficiante

sabio y acorde con el clima. Antes de ofrecernos la homilía, nos hace una

advertencia y dice: “Señores, en tiempo de melones, breves los sermones”.

Atentos a sus palabras de contenido espiritual, cesa el aleteo de los

abanicos de papel y tela tiesa humedecidos por el salitre del ambiente.

Entonces entran en vuelo suave los ventiladores con un rumor que parecen

helicópteros en un día de prácticas de salvamento marítimo.

He empezado esta historia comentando la belleza de este rincón del litoral

levantino y pienso que lo descubriría algún enamorado en algún verano

especial.

Dicen que cuando se mira al mar al atardecer, se sueña, pero se sueña

bonito, como dicen desde allá lejos. Yo creo que es propicio para soñar todo

lo que se quiera soñar, la esperanza, la añoranza, el olvido, el desamor, la

despedida, etc…. Además, mirando al mar al anochecer, en esas noches

claras, más claras que en otros lugares, las estrellas se convierten en

luceros para ver más, para ser testigos y cómplices y disfrutar iluminando

los primeros amores, o los segundos, o los de muchas veces, como si todos

los enamorados en esas noches bonitas, fuesen a vivir siempre, ¡Qué

maravilla!.

Un cordial saludo,

Jerónimo Ramírez Sánchez

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