Primeras avellanas

Primeras avellanas

Ayer me encontré, caídas en el suelo, las primeras avellanas.

Siempre están cubiertas por una hoja que enseña, no el envés, sino el haz, como una mano cerrada que escondiera dentro unos caramelos que ofreciera para que adivinaran unos niños en cuál de las dos manos están.

Algunos de los avellanos, los he plantado yo, pero otros han nacido al azar, casi siempre cerca de las fuentes, hasta el punto de llegar a derribarlas, como una de madera que no es más que un poste por donde sube una tubería hasta el grifo y que el avellano ha derribado al abrirse como una abanico de ramas, ya que el avellano es grande como un árbol pero con vocación de arbusto, no de tronco único, sino de ramo de ramas.

No sé por qué, estos avellanos que nacen al azar, me gustan mucho más que los plantados por mi mano, aunque acaben por derribar las fuentes.

Se diría que nacen con la fuerza de estar donde tienen que estar.

Un fuerte abrazo para todos,

Mónica

Primeras avellanas / 16-7-2016 / Aceytuno

Primeras avellanas / 16-7-2016 / Aceytuno

LUGAR DE LA VIDA

MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO

BLANCO Y NEGRO, Domingo 3-10-1999

MANTA DE TREN


El tren pasa entre avellanos bravos; por eso no lo veo. Hasta mi casa llega sólo un ruido que ya no es el del tren, sino el del tren filtrado por las hojas ásperas, y el de las hojas sólas, y el de las ramas que se echan a volar cuando pasa un mercancías. Con cada sacudida, la de las diez, la de las doce y media, caen las avellanas a la vía, y se quedan entre las piedras grises, casi negras; o caen al terraplén, a la tierra; y así el tren, cuando ya se está yendo, cuando ya se ha ido, cultiva avellanos sin querer, como cultivan plantas de otro mundo los marineros que llevan, en la suela de los zapatos, semillas que germinan cuando ya han zarpado.

He visto desde el tren a los avellanos de cerca, y el tejado de mi casa de lejos. Si no fuera porque soy yo la que vive ahí, me hubiera preguntado: ¿quien vivirá ahí, tan en medio del monte? ; ¿quien vivirá ahí?, me he seguido preguntando delante de las casas por las que el tren lleva mi mirada: casas cuyos antiguos dueños, tal vez tan antiguos como los rosales trepadores de las estaciones, debieron de pedir que el tren pasara por su puerta, o, quizá, hicieron su casa más tarde, a la orilla del tren, dejando sólo un pequeño jardín entre la vía y la casa. Estación. Casas que fueron y ya no son. Visillos apolillados. Paredes condecoradas por la humedad con medallas de líquenes amarillos, verdes, grises: parmelias, lecanoras, umbilicarias; tripas de roca. Estación. Muros con ombligos de Venus en el recebo de las piedras. Escabiosas de flores moradas, viudas silvestres en los tejados. Estación. Río. Casa cubierta con lascas de pizarras.


A partir de León, y hasta Miranda de Ebro, hay fábricas abandonadas, en cuyas torres se ven grandes nidos de cigüeña, ahora vacíos. Dicen que en los nidos de cigüeña se quedan durante años hojas de periódicos con sus noticias envejecidas. Mientras, entre vías abandonadas, hay eneldos aún florecidos, y, en los taludes ferroviarios, agujeros también vacíos, antiguos, de esos que dejan cuando se van los abejarucos, los pájaros que tienen en las plumas todos los azules y verdes del mar, y todos los rojos y amarillos del sol; parecen escapados de una jaula. Los túneles que excavan los abejarucos con el pico para situar su nido al fondo, son tan largos, que una vara de eucalipto de las de medir para cortar madera, se perdería dentro; y, a la vez, hacen estos túneles tan rectos, tan perpendiculares a la superficie, que si mirásemos desde el fondo, veríamos pasar el tren, o el talud de enfrente.

Su nido, desde el tren, también les parecería distinto. El mismo trayecto, en coche, o en tren, es totalmente distinto, cambia como la luna: desde el tren, la luna creciente parpadea, justo al salir, cuando los postes de teléfono van, de forma intermitente, tapándola. Se tarda un poco en caer en la cuenta de este efecto del tren, de la luna y de los postes de teléfono, como tardé en creer, cuando se produjo este verano el eclipse, aunque lo tuviera delante de mis ojos, en ese efecto que produjo la sombra de la luna proyectada también en las luces del bosque. Ese día, bajo los árboles, en el follaje acribillado de luces, mientras duró el eclipse, no se vieron los óvalos de luz que vemos los días soleados, sino cientos de luces con su sombra de luna, sobre la yerba, y en la tierra, y en las paredes de las casas con árboles o emparrrados cerca, donde se pudo seguir perfectamente la evolución del eclipse, sin necesidad de mirar al televisor, o al cielo.

Estos efectos de la luz, como el del arcoiris multiplicado por una ventana que se abre, son maravillas de todos los días, como cuando cierro los ojos hacia el sol, y los abro un poco, y veo, sobre un fondo naranja, todos los brillos del agua, y unas líneas concéntricas irisadas que me recuerdan a las escamas de los peces.

Veo más en un reflejo que en su realidad, y veo el mar entre las pestañas, y voy tejiendo en el tren esta manta de palabras mientras sueño que ya me tapa.

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