EL VELERO

EL VELERO

Acaban de reflotar el velero del Príncipe.

Yo una vez estuve en un barco que permaneció tres meses hundido en la mar, frente al puerto, tras una galerna, y mientras navegaba no me pareció ver en él nada distinto a otros buques, hasta que bajé al camarote y en el espejo del cuarto de baño me vi como si estuviera en el agua, toda la película reflectante del espejo desprendida y oxidada, y una suerte de burbujas en los extremos. Por el espejo, había empezado el mar a dejar su huella. La deja en todo lo que toca. Y por mucha patente que se les de a las embarcaciones, la parte sumergida es obra viva, en manos de la vida y del agua.

Es como si a la vida en el mar le faltara un sustento, algo donde posarse, y así para pescar las sepias, se les pone una rama de laurel dentro de la nasa porque la sepia busca algo donde amarrar la puesta, que es como un racimo de uvas. También en las bateas, que son como bosques de oyameles donde, en vez de mariposas monarca, hubiera posados mejillones en las cuerdas que cuelgan hacia el fondo, dicen que nadan los congrios como si necesitaran el abrigo de los bosques de mejillones.

Me gusta cómo llama Umbral a los veleros: balandro. Y creo que cada sucedido del mundo está esperando a ser colonizado por su cohorte de palabras que nombran la vida, y así este velero del Príncipe, ha subido a la superficie con las palabras de su noticia: posidonia, gorgonia, nudibranquio…

En el GPS, salen también los naufragios, pero los pintan como un buque que hubiera dibujado un niño, con el casco muy limpio cuando el barco hundido es sinuoso de corales y de algas.

Todo lo que se hunde, se vuelve arrecife.

Mónica Fernández-Aceytuno

ABC, 28-7-2008

Fondo de Artículos de

aceytuno.com

Siguiente Post:
Post anterior:
Este artículo lo ha escrito