ARMIÑOS

LA NIEVE Y LA NOVIA

Los armiños tienen ya su pelo completamente blanco, aunque no haya caído toda la nieve sobre las montañas.

En Biología no todo depende de la temperatura, se nos suele olvidar la luz, las horas y minutos de luz de los días, lo que se llama el fotoperiodo que, invariablemente, crece y decrece a su ritmo justo y por eso los armiños, aunque no haya nieve ni haga frío, han mudado ya como siempre, como si nada, todo su pelaje hacia el blanco más puro, menos el pincel final de la cola, que es negro todos los días del año.

Para quien nunca haya visto de cerca un armiño, escribiré que lo que más sorprende es que sea tan pequeño pues en los recuerdos infantiles todo es más grande y grande era la capa de los reyes de los cuentos, orladas con piel blanca de armiño y sus pintas negras que se correspondían, cada una, con el pincel negro de la cola. De habernos detenido entonces a contarlas, hubiéramos sabido cuán diminuto es en realidad este carnívoro, cuántas pieles blancas, una por pinta negra, hacían falta para esa gran capa. En los Pirineos, donde la nieve no empieza hoy a blanquear la montaña hasta los dos mil cuatrocientos metros de altitud, se puede ver a los armiños algo más abajo, saltando de roca en roca vestidos de blanco mientras las piedras y las praderas tienen todavía los ocres de su pelaje de verano.

Sería ilusorio creer que tantos años llenando el aire de humos no iba a tener consecuencias sobre nuestra salud y la de la Tierra, pero no se puede olvidar que el ritmo de la luz y de los días no ha cambiado y que, sencillamente, hay años en los que la nieve llega a la montaña como la novia a la iglesia: tarde y blanca.

Mónica Fernández-Aceytuno

ABC, 19-1-2007

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