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“¿Entra la Luna en su naturaleza? Porque si entra Selene,

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¿Entra la Luna en su naturaleza? Porque si entra Selene, como así creo que es y usted ya bien ha demostrado, tengo -ya que hablamos de palabras- una palabra para usted. Es una palabra que yo he descubierto recientemente por suma del azar y de la búsqueda, y que a mí me ha hecho muy feliz encontrarla. No es bonita -a mi gusto- pero sí muy misteriosa, y merecería -también a mi gusto- si no una redefinición, sí al menos una reflexión honda . La palabra es TERMINADOR, y la definen los astrónomos (que no el DRAE) como “la zona que limita la luz y la sombra en la luna -y en otros astros celestes-“.

Es, por tanto, una línea imaginaria -la frontera de los cuartos- que une y separa (a la vez) la luz y las tinieblas.

Ayer, corriendo cerca el cementerio de mi ciudad, llamado “Torrero”, vi una luna pálida, a las dos en punto de la tarde, en cuarto creciente. Nunca antes me había apercibido así, de manera tan “física”, de hasta qué punto no es incompatible la luz del día con la señora de la noche.

Si no le importa, le adjunto una estampa de un altar romano, muy bello, donde se presencia el difuso intercambio de poderes celestes.

….

ACIRATE

Si su diccionario quisiera ilustrarse con poemas, me gustaría copiarle uno:

CERCA EN REPARACIÓN

Hay algo que se opone a que una cerca exista,

Que hincha la tierra helada y la socava

Y desparrama al sol los pedruscos cimeros,

Y abre boquetes por los que se cuelan

hasta dos cuerpos juntos. Pues, ¿y los cazadores?

He ido tras ellos y reparado el estrago

Allí donde no dejan ni piedra sobre piedra;

Pero es que tienen que sacar de su hoyo al conejo

Por dar gusto a los canes plañideros. Los boquetes, creedme,

Que nadie les ha visto hacer, ni hacer ha oído,

Pero, a la primavera, allí los encontramos.

Se lo hago saber a mi vecino, allende el cerro,

Y un día nos damos cita y recorremos la linde

Y volvemos a alzar la cerca entre nosotros, ´

Manteniéndola siempre entre los dos, al paso.

Cada uno los pedruscos que de su lado cayeron.

Y los hay como panes, y otros tan casi esféricos

Que hemos de usar conjuros para que se sostengan:

“¡Ahí quieto donde estás hasta que nos volvamos!”

Nos pelamos los dedos manejándolos.

Ah, otra especie de juego al aire libre,

Uno por cada bando. A poco más alcanza:

Ahí donde está la cerca, no la necesitamos.

Él es todo pinar; yo, manzanal.

Y mis manzanos no van a cruzar nunca

La cerca y a comerse sus piñas, le digo..

Y él sólo me responde: “Buenas cercas hacen buenos amigos”.

La primavera me trastorna, y no sé

Si podría meterle en la cabeza: “¿Por qué

Hacen buenos amigos? ¿No será

Donde hay vacas? Pero aquí no hay vacas.

Antes de levantar una cerca, yo siempre considero

Lo que de un lado y otro estoy cercando

Y a quien puedo inflingir con ello agravio.

Hay algo que se opone a que una cerca exista,

Que quiere echarla abajo”. Podría yo decirle: “Trasgos”.

Pero no son exactamente trasgos, y preferiría

Se lo dijera él mismo. Le veo allá venir

Aferrada una piedra en cada mano,

Como un salvaje de la edad de piedra bien armado,

Y me parece verlo en la tiniebla

No tan sólo de bosques y de sombra de árboles.

Él no irá más allá del proverbio ancestral

Y le encanta pensarlo por su cuenta

Y repite: “Buenas cercas hacen buenos vecinos”.

-Robert Frost, nuevamente, Al Norte de Boston.

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