Cartas del Congo (5)

Cartas del Congo (5)

El agua tiene el color de la tierra, y la tierra el color del agua. Son una misma cosa, por los caminos, cuando ha llovido…

Ayer me preguntó mi padre si me quedaban muchas cartas del Congo, como si se le estuviera haciendo pesada esta serie que inicié al principio del año.

Me dejó pensando, claro, porque me encuentro en pleno proceso de pasar mis anotaciones al papel de una manera más ordenada.

Me pregunto cómo se hacen los libros de viajes, si se escriben todos del tirón, o se hacen cuando ya se ha regresado, en la calma de la rutina diaria.

Para mí, fue imposible escribir mucho durante nuestro viaje al corazón de África.

Como sabéis los que me habéis seguido desde entonces, escribía de noche, unas breves líneas que casi me era imposible encadenar, por el cansancio.

Y no quisiera dejar las cosas de esa manera, escritas apresuradamente, con espontaneidad y verdad, pero sin la más mínima documentación, porque me gustaría guardarlas de la mejor forma posible, o al menos en la mejor forma que yo sea capaz de escribirlas.

A veces pienso que, salvando las distancias, el Congo está siendo para mí las Galápagos de Darwin, no tanto por la dimensión del viaje, desde luego, ya que no he estado ni cinco años ni en lugares tan inexplorados como me hubiera gustado, sino porque ha sucedido algo en ese lugar que no ha pasado en ningún otro.

Y digo está siendo, ya que al contrario de lo que podría pensarse, Darwin no fue un gran viajero, y tras su periplo a bordo del Beagle, donde se había mareado tanto, se quedó en la biblioteca de su maravillosa casa, dedicado a meditar el resto de su vida sobre lo que había observado para redactar en la tranquilidad de su hogar, su gran obra.

¿Qué hubiera sucedido si después de su viaje no hubiera escrito una línea más?

Puede que sea en la calma, en la rutina diaria de una casa, posterior al más apasionante de los viajes, donde, realmente, se llega a alguna parte.

Os dejo mi quinta carta del Congo.

Un fuerte abrazo para todos,

Mónica

Cartas del Congo (5)

Queridos lectores: el agua tiene el color de la tierra y la tierra el color del agua. Son una misma cosa, por los caminos, cuando ha llovido. Damos pantocazos sobre un barro fino y rosado, siguiendo la orilla del Lukaya, cuyas aguas terminan en el Congo, con el Ndjili de intermediario. Cruzamos las vías del ferrocarril Matadi-Kinshasa, cubiertas de verdor, donde pastan las cabras. Vemos por vez primera una cierta agricultura, limpia, ordenada, inocente, bajo unos sombrajos de bambúes cubiertos de palma. Unos hombres extraen arena de la playa del río y la dejan en montones rosas haciendo un cumio, como haría un niño, con la forma del último cubo. Mujeres que lavan en el agua terrosa. Flores rojas del paraíso. Árboles con raíces aéreas. Mariposas azules. Verdor de papiros. Soy de este lugar desde muchísimo antes de mi nacimiento. El resto del mundo es un segundo plato del origen.

Mónica Fernández-Aceytuno
ABC, Sábado 7-1-2016

Cartas del Congo (5) ABC

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Hay 2 comentarios para este artículo
  1. Jose en 12:33 pm

    “Soy de este lugar desde muchísimo antes de mi nacimiento”

    No tengo preparación académica para poder analizar su estilo literario Mónica, pero entiendo que usted es capaz de poner las palabras justas a lo que yo siento, sentimos muchos, seguro, y que se me escapa por no poder fijarlo con la palabra que no tengo.

    Gracias por regalarnos las suyas.

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