Vivir ahí

¿Cómo se vivirá ahí?

Cuando veo los alrededores de una ciudad, que son como cajones desordenados, un amasijo de casas, a veces con alguna antigua por medio, mucho cable, incluso alguna estación eléctrica, y calles sin sentido, o casas con jardín que son como islas en el paisaje suburbano, bordeadas de vallas con alambradas en espiral como si estuvieran en guerra, o también esas otras, que siempre me llamaron la atención, de cristales rotos en el cemento. ¿Cómo se vivirá ahí?

No me lo pregunto en la mejor de las casas, sino en ésas que son más reales, y donde viven con las ventanas más abiertas. Y se me antoja que no se vive mejor ni peor porque cada vida es una, distinta de la de los otros. Tiene ese privilegio. Y si bien el lugar nos influye, a mi parecer no estamos donde están nuestros pies, sino donde pisa nuestro pensamiento.

Nadie ve su día a día porque está dentro. Solo el que pasa es capaz de observar la escena, las flores de la maceta en la ventana, que para el que las mira desde adentro, son más que para el que tiene hectáreas de tierra, porque le llenan más los ojos cuando mira afuera.

Había en París un señor que, con mantas y cartones, había hecho su casa bajo uno de los puentes del Sena. Como si el sueño y el respirar pudieran verse, se notaba al pasar, sin verle, que allí había alguien durmiendo. Una red llena de naranjas que había colgado el vagabundo, parecía tener luz propia en la oscuridad del puente.

Mientras pasaba el barco cargado de gente, la sombra del puente resultó de pronto fresquísima, junto al eco y el brillo de las aguas bailando lento en su techo oscuro. Pero nada era más fresco y luminoso que aquélla red de fruta y el presentimiento de que alguien dormía placidamente la siesta bajo el puente.
Soñaba quizás el mendigo con sentarse en la orilla a mondar una naranja y comerla sin pensar en nada, viendo su reflejo, quieto y borroso, en el pasar del río.

Mónica Fernández-Aceytuno
ABC, 8-5-2003

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