Sol de febrero

Sol de febrero

Al abrir la puerta ha entrado el sol de febrero.

Está entrando exactamente igual, o al menos aparentemente, que ya hiciera cuando hacía esta casa y vine a ver las obras con zapatos de tacón y una chaqueta de cuadros rojos y negros. Se llevaban. Los obreros ya no estaban, era por la tarde y daba el sol. El sol entraba entonces por una puerta de obra. Me pareció pequeña. Suelen hacer pequeñas las puertas en Galicia como si no quisieran que entrase el frío y la humedad sin darse cuenta de que impiden también el paso del sol y de las cosas que al final, siempre tropiezan con los marcos. Pedí que la abrieran. No fue fácil porque estaba ya hecha la instalación de la luz. Y aún así, pienso todavía hoy que quedó pequeña.

Está partida esta puerta en dos como las puertas de las cuadras, o las de los corredores, y así el sol entra del todo, o a medias, según deje la puerta de abajo cerrada o abierta. Este rayo de sol de la tarde de febrero viene a dar justo al hogar y a la solera de la chimenea, tan inmensa en comparación con la puerta que me asusté al verla cuando la estaban haciendo pero a la que luego los años han ido empequeñeciendo según se iba llenando a su alrededor de cosas, marcos con fotos de niños sonriendo, libros antiguos, el cesto de la leña de varas de castaño que hiciera Antonio trabajándolo desde dentro.

Afuera, como si estuviera todo esperando al mismo sol que entra hoy por la puerta, están los grelos florecidos de amarillo y las magnolias a punto de dar sus flores como cada año cuando se cumple el triste aniversario de la muerte de Ipamen, toda juventud, sonrisa y elegancia, como las flores que marcan la fecha de su abandono del mundo. Es una alegría triste la de este sol de febrero.

Se ven ya algunas aves, como los gorriones y los mirlos, emparejándose entre las silvas, y todos los sauces blancos están florecidos de verde. Hay frutales como los ciruelos japoneses que muestran ya sus primeras flores, entre las que se ven volando algunas parejas de herrerillos azules, amarillos y blancos, de esos que tienen la voz de un columpio oxidado.

Cuentan que por aquí ha llovido a mares. Que está siendo un invierno como los de antes, pero yo al volver me he encontrado que el mar parecía un plato hacia el que los charranes, para pescar, se lanzaban en picado bajo el sol con tanta fuerza que empiezo a creer que tienen razón quienes dicen que estas aves marinas de alas blancas y transparentes terminan por quedarse ciegas.

Como nos quedaríamos si miráramos de frente a este sol que alcanza todavía tan poca altura sobre el horizonte que se cuela por la puerta de la casa y que huele igual que hace años en febrero, a campo, a luz y a días que se alargan.

Ojalá esta puerta fuera más grande.

Mónica Fernández-Aceytuno
republica.com
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