NIÑOS DESPIERTOS

NIÑOS DESPIERTOS

Escribo a las cinco de la mañana, mientras la casa duerme todavía y están todas las puertas cerradas, y todos los cristales oscuros. A esta hora suelo escribir cada vez que llegan las mareas equinocciales y hay que salir a la costa para ver unas algas que sólo se descubren en estos días en los que el horizonte tira tanto del agua, que se producen mareas de cuatro y cinco metros. El resto del año, estas algas viven totalmente sumergidas, pero hoy, estarán descubiertas de olas y, al mirarlas, tendré la sensación, sólo por unos segundos de estar buceando en el aire. Delante de ellas, se ve ahora uno de los paisajes más espectaculares que se pueden contemplar en una costa rocosa del Atlántico o del Cantábrico: toda una sucesión de algas distintas que, como los pisos de vegetación de un bosque, producen franjas de colores que van desde la roca desnuda hasta el agua, dibujando escalones verdes, rojos, dorados, y de olores nuevos; cada alga en su sitio; en el lugar preciso para olvidarse del agua un rato todos los días, una semana, o unos segundos al año.

Pero no es el mar, sino la propia vida, la que dibuja estas franjas que parecen estratos de una montaña abierta, una tarta de varios sabores. Cada ser vivo no está donde quisiera estar, sino en el único lugar en el que tiene alguna posibilidad de salir adelante y, donde no está, puede que haya estado antes, pero antes de su fracaso en ese espacio. De ahí que la vida sea tan fuerte en su permanencia y, a la vez, tan frágil al depender de algo que se mueve y que cambia: la circunstancia. Sin embargo, no deja de sorprenderme ese afán de ensayo, de intentarlo una y otra vez, que hay en todo lo que nos rodea. Desde aquí, ahora mismo, cuando todavía es de noche, oigo la canción de un pájaro que tal vez es un ruiseñor empeñado en cantar a todas horas para alejar a otros pájaros de su hembra: no ha dejado de crear música en toda la noche. Salgo y, al abrir las contras, se me queda en la mano una especie de arena finísima con el tacto de la harina, y que es polen de pino.

Puede haber llegado volando como un ruiseñor desde cualquier monte, porque el polen de pino, a pesar de su pesadez –suponiendo que se pueda llamar pesado a un peso que se cuenta en nanogramos- dispone de unos sacos aéreos que aumentan su superficie y le permiten recorrer cientos de kilómetros de forma pasiva, arrastrado por el aire, como un papel abandonado en una calle. Tiene gracia que nos empeñemos en llamar polen a otras cosas que no tienen nada que ver como, por ejemplo, las semillas del chopo cuyas borras algodonosas llenarán el aire y las aceras de las ciudades en los próximos días. Cada vez que esto sucede, se llama polen a lo que es semilla; algo así como si se la llamara fruto a la rosa, o tronco a la hoja; y, sin embargo, el aire no se quiebra por ello, ni por nada: la vida va siempre a lo suyo, que es seguir viviendo.

Y es un pasar el tiempo, porque ya amanece y los campos de grelos se han iluminado de una luz y de unas flores que hasta hace un instante eran oscuras. Puede que todo esté hecho así todo, con una suerte de melodía rara que se desliza con la luz y con el tiempo; y luz, flores, ruiseñores, árboles, algas, sólo quieren que los atienda como a los niños que acaban de despertarse y tiran de mí, como tira el horizonte del mar, para que lo escuche, con los ojos.

Lugar de la vida

Blanco y Negro

Abril 1999

Mónica Férnandez-Aceytuno

Aceytuno.com

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