Marineros

Marineros

Ayer descubrimos la playa secreta de unos marineros.

La vista y los pasos se iban, al llegar, hacia una playa grande, donde en principio nos dirigimos, pero luego, mi hijo mayor vio a lo lejos una playita que parecía no tener acceso por ningún lado pero hacia la que, por los acantilados, nos dirigimos andando.

Todo el camino, parte una carretera oscura, parte camino de arena blanca, lo hicimos entre eneldos profusamente florecidos, más altos que nosotros, y en una curva de ese camino, al fondo, vimos el océano, con toda la calma que tenía ayer, y una suerte de aparcamiento para dejar los coches, cuatro o cinco como mucho.

Luego, al bajar, empezamos a tener la sensación de haber encontrado un lugar casi secreto, donde los marineros habían construído una suerte de cocheras (ignoro si tendrán algún nombre) para guardar las barcas alejadas de la orilla y donde entre redes y nasas, había una grúa para bajarlas al agua con la marea alta.

También tenían remolques para arrastrarlas hasta la orilla, dejando unos surcos como los que deja el agricultor en la tierra, hacia un agua clarísima en cuyo horizonte, con todo el valor del mundo, se perdían al atardecer.

Bajo esta suerte de casitas de barco, llenas de gracias, estaban las mujeres de los marineros, o eso me pareció, sentadas en sillas de playa, haciendo un corro, a la manera en la que en los pueblos se sientan a coser y a conversar a la puerta de las casas.

Nosotros, pisábamos la arena con el mayor sigilo posible, como si entráramos en un templo, o en una casa sin permiso, tratando de hacer el menor ruido, aunque sin poder evitar hacer algunas fotos de tanta belleza que había a nuestro alrededor…como la escalerita rodeada de hinojos marinos que bajaba a la arena de la playa desde las cocheras.

Todo bajo un sol inesperado, con la playa cubierta de esas algas rojas que solo quedan en las aguas más puras, recolectando con Flora, la novia de mi hijo Roberto, trocitos de vidrio roto, tallados como esmeraldas, sabiendo que habrá que guardar silencio el resto de la vida para que esta playa siga siendo un tesoro.

¿Cómo se llama? ¿Dónde está?

Sólo diré que ayer pasamos con nuestros hijos una tarde preciosa en esta hermosísima, pequeña y escondida playa del mundo.

Conscientes de lo intrusiva que resultaba nuestra presencia, nos alejamos hacia otra playa, más abierta, donde vimos caer el sol sobre el océano, mientras mis hijos, y los delfines, oscuros al contraluz, saltaban con las olas.

Un fuerte abrazo para todos,

Mónica

Rodadas de arena / Aceytuno

Rodadas de arena / Aceytuno

Playa marinera / Aceytuno

Playa marinera / Aceytuno

Llegada a la playa / Aceytuno

Llegada a la playa / Aceytuno

Grua para las barcas en lo alto de las casetas de los marineros / Aceytuno

Grua para las barcas en lo alto de las casetas de los marineros / Aceytuno

Marineros al fondo saliendo al atardecer / Aceytuno

Marineros al fondo saliendo al atardecer / Aceytuno

Las piedras parecían de basalto, y estaban sin pulir por el océano, como si acabara de abrirla el agua y aún no hubier tenido tiempo de redondearlas.

Las piedras parecían de basalto, y estaban sin pulir por el océano, como si acabara de abrirla el agua y aún no hubier tenido tiempo de redondearlas.

Nasas en las rocas / Aceytuno

Nasas en las rocas / Aceytuno

Hinojos marinos florecidos entre las piedras de la escalerilla de las cocheras donde se resguardan las barcas / Aceytuno

Hinojos marinos florecidos entre las piedras de la escalerilla de las cocheras donde se resguardan las barcas / Aceytuno

Verdor de redes y de ramas / Aceytuno

Verdor de redes y de ramas / Aceytuno

Eneldos florecidos y sabinas por el camino / Aceytuno

Eneldos florecidos y sabinas por el camino / Aceytuno

Siguiente Post:
Post anterior:
Este artículo lo ha escrito

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *