La tormenta

La tormenta

Habiendo vivido en una aldea gallega veinte años se podría decir que estoy acostumbrada a las tormentas. Pero no. Todavía paso tanto miedo como esas personas que, cuando llegó al pueblo Félix, nuestro médico y amigo, se extrañó un día al ver que los pacientes, tras ser atendidos, no abandonaban la sala de espera y cuando les preguntó qué pasaba, le dijeron: “Doctor, la tormenta”.

Al principio te quedas asombrado del miedo que se tiene en el campo a las tormentas pero según las vas viviendo, más bien sintiendo como las aves en el cañón de sus plumas, entiendes por qué no salían los paisanos a la calle. El agua es lo de menos. A lo que se siente miedo, y con razón, es a los rayos y a esa manera caprichosa con la que vuelan a toda velocidad sobre la tierra por los caminos invisibles que trazan las corrientes de aire como ese rayo que entró por la puerta de una cuadra y salió por la otra para fulminar a dos vacas que estaban en el camino de la corriente.

Lo primero que hacía, en cuanto se acercaba la tormenta, además de desconectar todo lo que podía, era cerrar las ventanas y el tiro de la chimenea para hacer lo más estanca posible la casa, como si achicara el aire, en vez del agua en un barco, y aún así, caían los rayos muy cerca, temiendo que en cualquier momento elegiría en algún momento un rayo mi casa para acortar el camino que va del cielo a la tierra.

Aún así, me gustaba observar cómo se refugiaban las aves, el silencio previo a la tormenta, ese olor del agua en el aire antes de caer al suelo.

El misterio de las tormentas, como la de anoche, ya en la ciudad, cayendo ruidosamente la lluvia contra la piedra del suelo del patio como si protestara por, tras caer con tanta fuerza, no encontrar la tierra.

Buenos días,

Mónica

Paisaje del Valle de Mena con vistas de La Peña y praderías en plena tormenta con arcoiris / Juan Antúnez

Paisaje del Valle de Mena con vistas de La Peña y praderías en plena tormenta con arcoiris / Juan Antúnez

EL RAYO DORMIDO

Hay rayos que se quedan a dormir dentro de los árboles y que no se despiertan hasta que pasa la noche y sale el sol y el aire se seca y, entonces, inician el incendio.

Algunos duermen dos días seguidos. Según Óscar Catalán, bombero, el árbol que tiene un rayo dormido suele presentar una cicatriz en forma de espiral sobre la corteza como si el rayo no quisiera tomar tierra en línea recta sino dando vueltas alrededor del tronco, enroscándose como un bailarín de la copa a las raíces, de donde a veces sale para seguir su camino bajo tierra y entrar a dormir en el árbol de al lado. En el valle de Ayora, en Valencia, el 99,9 por ciento de los incendios forestales se inician por rayo, según los estudios efectuados por la asociación de lucha contra incendios de Ayora y la Valle; de ahí la importancia de localizar los rayos que caen sobre las carrascas durante las tormentas de verano, como la que tuvo lugar en este valle el pasado viernes. Si se encuentran, se evita el incendio, y hasta sobrevive el árbol que tiene dentro, dormido, un rayo.

En Galicia vive una secuoya gigante a la que le han caído dos rayos en lo que va de año, y ahí sigue, quemada hasta la médula, protegiendo la casa y dando, nadie sabe cómo, todavía rumor de pájaros y de ramas.

Mónica Fernández-Aceytuno

ABC, 6-9-2004

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