La infinita yerba

La infinita yerba

Al ver esta mañana la hierba sin cortar, me he acordado de aquella ocasión en la que no quise segarla, ¡qué maravillosa es esta hierba alta en primavera!, hasta eneldos, y el lino que tuviera esta tierra, han florecido al dejarla tranquila.

Geranio silvestre con su fruto con forma de pico de cigüeña o alfiler / Aceytuno

Geranio silvestre con su fruto con forma de pico de cigüeña o alfiler / Aceytuno

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Eneldo a punto de florecer / Aceytuno

Eneldo a punto de florecer / Aceytuno

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Eneldo florecido / Aceytuno

Eneldo florecido / Aceytuno

El césped asilvestrado el 23-5-2015 / Aceytuno

El césped asilvestrado el 23-5-2015 / Aceytuno

Lino / Aceytuno

Lino / Aceytuno

Estas fotos son de esta misma mañana, cuando he salido recién despierta, porque me siento más en mi casa en esta tierra bajo el cielo que bajo el tejado.

El artículo, en cambio, tiene muchísimos años, imposible saberlo ahora mismo, pero quizás veinte, o tal vez algo menos, y fue publicado, con algunas variaciones, en el desaparecido Blanco y Negro, creo que por aquel entonces Blanco y Negro Dominical.

Me ha hecho gracia recordarlo.

Saludos,

Mónica

Recolectando flores silvestres en la mañana del 23-5-2015

Recolectando flores silvestres en la mañana del 23-5-2015


Rosa y Jacinto cortaban la hierba de este lugar: una tierra arada desde hace tantos siglos que jamás hubo manera de alisar los surcos milenarios donde creció el maíz y el lino, por los que subían y bajaban Rosa y Jacinto con el cortacésped atravesando la infinita yerba, lo que les daba un aire un poco marinero.

Vine aquí con tantas ganas de vida silvestre que al principio me juré que la yerba sería heno, donde pudieran desaparecer los pájaros como los peces entre las algas. Y así fue la primera primavera. La yerba espigó, llenándose de flores, y todo el horizonte de unos pájaros que no serían más grandes que un jilguero, de cabeza negra y cuerpo pardo y algo de blanco en el cuello, llamados tarabillas por hacer el ruido de una mujer parlanchina, o de la cítola de los molinos, esa tablita que avisa a los molineros haciendo un ruido parecido al canto que emite este pájaro posado en la rama más débil.

No quiere la tarabilla esos insectos de saldo, rotos, de la hierba cortada, sino el insecto vivo y volandero que busca el néctar de las flores recién nacidas, y en los brazos del aire deja correr el tiempo, hasta un minuto, antes de lanzarse sobre la pieza, siempre con el sol de frente, para que su sombra no lo delate. Y así todo es un cernir: la flor sobre el pasto, el insecto sobre la flor, el pájaro sobre el insecto, y el sol sobre el pájaro.

Hasta que llegó el verano. La hierba, cumplido su ciclo, se agostó, y cuando te despertabas, ya no sabías si estabas en tu casa o en algún lugar de Castilla. Primero, por no llegar a la raíz el rocío de la madrugada, que es el riego automático de este lugar; y segundo, por dejar que la hierba floreciera tanto, ya que la mata que florece se queda exhausta, agotada de verdes como si, en vez de florecer, hubiera parido la planta. No hubo más remedio: con guadaña o como fuera, había que segar la hierba.

Rosa y Jacinto trabajaban fuera, y yo dentro de esta galería. De vez en cuando, se cruzaban nuestras miradas: yo quería estar fuera, y ellos querían estar dentro. Cada uno a la suyo, cuatro veces al mes yo escribía, y Rosa y Jacinto cortaban la hierba. Más de una vez me han dicho que por qué no escribo más, o en más sitios, y yo siempre he contestado: para mí es suficiente: escribo lo que se tarda en segar la hierba. Pero, al mismo tiempo, a todos los que venían de veraneo y me preguntaban ¿conoces a alguien que corte la hierba?, yo siempre les decía: Rosa y Jacinto, claro.

Me han dejado en primavera. Si ven que la semana que viene no escribo, no es que me haya ido, es que estoy fuera, cortando la hierba.

Mónica Fernández-Aceytuno
Blanco y Negro Dominical
Aceytuno.com

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