La biblioteca

LA BIBLIOTECA

La frase es el esqueleto del pensamiento.

Sobre ella, va cayendo después la vida como sobre un desagüe al que en la orilla le ha salido un musgo que bebe el agua de la lluvia canalizada. Cuando se aprieta como a una esponja uno de estos musgos, sale, bajo el sol, la lluvia de hace unos días.

Quiero decir que se me ocurre una frase y luego va detrás todo el pensamiento. Sueño en imágenes pero pienso en frases, aunque a veces me las encuentre al despertar como si las hubiera soñado. Y esa frase es la espora que encuentra un resquicio en el desagüe para desarrollar toda la alfombra verde del pensar empapado en agua.

De toda la preciosa exposición “La lengua y la palabra. Trescientos años de la Real Academia Española” que se puede contemplar en la sala Recoletos de la Biblioteca Nacional de España hasta el 26 de enero de 2014, me quedaría con muchas cosas, pero las mejores, a mi parecer, están al principio, cuando me encontré, nada más entrar, con la palabra “árbol” cayendo por una pared tan vertical como un tronco, para luego ver el árbol, el cladograma, de nuestro lenguaje. Siempre he creído que lo que nos diferencia del chimpancé, con el que compartimos el 99,4 % del código genético, es la palabra escrita; de ahí que me emocionara al poder contemplar por vez primera una tablilla cuneiforme con los primeros signos silábicos grabados con un punzón sobre la arcilla. Las primeras palabras escritas en el mundo, hechas con tierra. A su vez me dejó impresionada, como si también fuera de barro el pensamiento, una frase que leí al principio y que aún no sé de quién es, pero que me entusiasmó:

“Las palabras son los ojos vivos del secreto”

Antes de ir a la exposición pasé por las oficinas de la Biblioteca Nacional un momento para sacarme el carnet de investigadora. “¿Qué va a investigar?”, me preguntaron. “Las palabras de la Naturaleza”. Al decirlo, no sé por qué, me sentí más importante que en toda mi vida. Es como si todo lo que hubiera hecho hasta entonces, y todo lo que había dejado de hacer, fuera para llegar esa mañana de sábado a la Biblioteca Nacional para responder a esa pregunta. Perdida como ando en Madrid, sentí de pronto que había llegado a algún sitio. Me enseñaron además por dónde podía acceder y qué cursillos podría hacer para saber manejarme en las salas, también de documentos antiguos, y entonces me sentí tan feliz como si estuviera en un laboratorio, o mejor aún, en la selva amazónica, con todo lo desconocido por delante, lleno de infinitas posibilidades para los ojos. Porque encontrar una palabra de la Naturaleza, investigar sobre ella, resulta para mí tan apasionante como la propia Naturaleza. Quiero decir que en aquellas oficinas de mostradores tan altos sentí de pronto la misma dicha que cuando estoy en un bosque donde no sé qué voy a encontrarme paseando entre tanto silencio. Todavía no he ido porque ya cerraban, pero estoy como una colegiala con cuadernos nuevos. En la foto que me hicieron para el carnet, salió mi abuela Mary. Caduca en el 2018. No sé qué antepasado mío aparecerá en la siguiente foto si lo renuevo. Y aún así, qué infantil fui cuando le pregunté a la bibliotecaria cómo se llamaba, Marina, y cuando le expliqué lo importante que era para mí estar en Madrid y registrarme en la Biblioteca Nacional de España.

En Coruña, siempre fui a sacar libros a la biblioteca de Riego de Agua donde desde sus dependencias se veían los tejados de al lado cubiertos de helechos y de musgos bajo la lluvia.

No se me ocurre mejor manera de pasar las tardes de otoño.

Cuando muera, al menos se podrá decir de mí, que tuve la amistad de las palabras.

Mónica Fernández-Aceytuno

republica.com, octubre 2013

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