
el miedo, al menos alejan a las fieras porque, aunque las olas no se vayan, siempre es un consuelo poder nombrarlas, fuerte marejada, mar gruesa, mar muy gruesa, arbolada, montañosa, enorme, según se va rezando.
Este movimiento del mar, es el arado de primavera de los mares, que suele coincidir con los equinoccios en los que no solo se iguala la duración de los días y de las noches en todo el mundo, sino que se diría que también quieren igualarse todos los mares, y hay mareas de equinoccio tan vivas que en la bajamar se ven por unas horas al aire algas y erizos y esponjas que no se descubren el resto del año.
Al desaparecer estas olas, quedó en la arena del bajío ese rastro que recuerda a los relieves vegetales, y en las aceras la huella del agua, del mar diciendo que él es el dueño del mundo.
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EN EL AIRE
MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO
ABC, Viernes 14-3-2008
LAS OLAS
Cuando la mar tiene olas de dieciséis metros recibe el nombre de mar enorme según la escala de Douglas.
Y ahí termina Douglas su escala, pues estaríamos en alturas de ola más propias de un maremoto, que son las que hemos tenido esta semana en el Cantábrico y en el Atlántico por una borrasca de Groenlandia que vino empujando a las olas. Porque hay olas que pueden formarse en otros lugares y acabar tan alejadas que hay veces que el cielo está despejado y el viento en calma, y a la vez un mar de fondo con olas que vienen desde muy lejos para alcanzar la costa y romperse.
Con un mar enorme, la visibilidad es casi nula y la atmósfera se carga tanto de humedad que cuesta respirar. Se miden estas olas con balizas, y los marineros con palabras que funcionan como el látigo del domador que, si bien no quitan
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