A la hora de la comida, descorrimos las cortinas para que entrase más luz y encontramos una salamanquesa que parecía que hubiera perdido la cola en algún momento y tuviera una nueva.

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A la hora de la comida, descorrimos las cortinas para que entrase más luz y encontramos una salamanquesa que parecía que hubiera perdido la cola en algún momento y tuviera una nueva.

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Salamanquesa con su cola nueva.

Aunque aún no ha caído ni una gota de la esperada lluvia, el huerto ha entrado en el otoño.

Comienzan a enrojecer las hojas de las parras y ha regresado el visitante alado que todos los años permanece unos días rondando entre los frutales: se trata de un papamoscas cerrojillo, que algo debe encontrar en el huerto para quedarse una temporada, quizás los insectos que pululan ahora por todas partes.

También permanecen los mirlos volando de acá para allá, y ya se han visto petirrojos. Las tarabillas son asiduas durante todo el día y tuvimos la visita de un alcaudón real, que permaneció largo rato sobre los cables del tendido emitiendo diversos reclamos que imitaban voces de otras aves. Un milano real pasó por encima de nuestras cabezas y, al atardecer, un bando de garcillas volaba hacia el dormidero.

Aún se ven algunas libélulas y mariposas, sobre todo de la especie blanquita de la col, también alguna azulina y saltacercas, pero en menor cantidad. El romero está lleno de flores y de abejas buscando el néctar, están muy atareadas y no se dejan ni fotografiar.

A la hora de la comida, descorrimos las cortinas para que entrase más luz y encontramos una salamanquesa que parecía que hubiera perdido la cola en algún momento y tuviera una nueva. Se veía muy bien porque, además, las escamas de la cola eran más pequeñas que las del resto del cuerpo, como si todavía estuvieran creciendo.

Un saludo.

Pilar.

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