Contra una nube blanca y el cielo azul, enmarcada con el cuadro de la ventana, se ve a una mosca.

Mónica Fernández-Aceytuno

Contra una nube blanca y el cielo azul, enmarcada con el cuadro de la ventana, se ve a una mosca.

Mónica Fernández-Aceytuno

Para las moscas, por seguir siendo, todavía hoy, tan pesadas.

Gracias por participar en este lugar de la Naturaleza,

Mónica Fernández-Aceytuno

LA MOSCA

Contra una nube blanca y el cielo azul, enmarcada con el cuadro de la ventana, se ve a una mosca.

Erráticas e indecisas, las moscas siempre quieren salir de donde han entrado, por lo que conviene que las ventanas de las casas en los pueblos, se abran hacia fuera, y no hacia adentro, para que salgan las moscas.

Y aún así, hay que animarlas con la mano a que emprendan el vuelo, pues murmuran y se pegan contra los cristales como el agua de la lluvia. Al contrario de los mosquitos, que entran de noche atraídos por las luces de la casa, las moscas, después de dormir al raso, entran con el primer rayo de sol de la mañana, al que hay que cerrar todas las puertas, si no se quiere tener moscas.

En un todo a cien de esos que me dan cien patadas porque creo que todo lo que venden tiene, como la mosca, un ciclo de vida muy corto, he comprado un matamoscas de plástico de color verde seco y claro que deja pasar el aire igual que las cuerdas de una raqueta. Nunca había tenido uno y ahora me doy cuenta de que es mucho mejor que envenenarse con el “Fli”, el cual me imagino que se llamaba “Fly” pero al que, en nuestra ignorancia del inglés, llamamos toda la vida “Fli”. Ante la novedad del aerosol, el matamoscas de mano pasó a mejor vida pero, como todo vuelve, he descubierto para mi sorpresa que hay matamoscas de variados diseños y colores, algunos tan grandes como una raqueta.

Para lo que aún no hay remedio es para los caballos, que no tienen manos para quitarse de encima las moscas, por lo que de vez en cuando me acerco al aliso que tiene ya las piñas verdes del año que viene y le corto unas ramas que cuelgo de la cuadra y con las hojas que me sobran hago una infusión, ochenta gramos por ligro de agua, que aplicada sobre el pelaje, les libra por unos días de las moscas.

Aquí prefiero dejarlas que vuelen y, a la que se posa sobre el cristal y el cielo azul y la nube blanca, le abro la ventana. Y a la que me viene a incordiar mientras no se me ocurre nada, le doy con el matamoscas verde claro y, zas, le escribo este artículo.

Mónica Fernández-Aceytuno

ABC, Sábado 1-7-2006

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